dilluns, 21 d’agost del 2017

Enric Berenguer: Crisis, Islamismo y muerte. EI y los jóvenes europeos

Publiquem, amb autorització del seu autor Enric Berenguer, un text ben actual per seguir les conseqüències i les elaboracions que hem de fer sobre els atemptats del passat 17 d'Agost a Les Rambles de Barcelona.
L'article es va publicar originàriament a la revista Meteoro número 11 (2015) i pot trobar-se també al Blog de l'autor: https://enricberenguer.blogspot.com.es


(Escrito en diciembre de 2015, vuelto a leer hoy después del atentado en BCN)



“Mientras que los dioses, cada uno en su momento, salen del templo y se convierten en profanos, vemos por el contrario que cosas humanas y sociales – la patria, la propiedad, el trabajo, la persona humana – entran en él una tras otra.” 
Marcel Mauss, Introducción al análisis de algunos fenómenos religiosos, 1906.


Hace unos años Eric Laurent y Jacques-Alain Miller nos iluminaban, con su El Otro que no existe y sus comités de ética, acerca de lo que podemos situar como el momento en que se inició en Occidente la fase actual de lo que seguimos llamando crisis. Se trataba, en especial desde los años 80, del cuestionamiento o la desaparición, a escala global, de toda una serie de figuras que habían velado lo que Lacan designó como un agujero estructural (“no hay Otro” primero, luego “no hay relación sexual”). Todo indica que estamos ya claramente en una época distinta. De lo que ahora se trata es de efectos de retorno bajo modalidades varias, algunas de ellas brutales. Asistimos a lo que podemos considerar suplencias de ese vacío central – agujero negro en el centro la galaxia de la civilización humana o la cultura, por usar términos de resonancias freudianas.
En efecto, el mundo es un hervidero de fundamentalismos, viejos, nuevos o renovados, francos o disimulados, que aportan su respuesta masiva antes incluso de que se alcance a formular cualquier pregunta. El fundamentalismo del mercado ocupa el lugar de una creencia impensada, la del derecho a gozar, que no es menos fuerte por el hecho de presentarse como una radical increencia. Por otra parte, fundamentalismos nacionalistas y religiosos le responden con no menos radicalidad, explicitando una violencia que en él es sólo implícita. El poder multiplicador de la escena mundial, que permite que una imagen cruenta recorra el mundo en centésimas de segundo, es la caja de resonancia ideal para que la maquinaria se retroalimente.
Estas respuestas se producen, por otra parte, con una inmediatez que elimina el tiempo para comprender y de acuerdo con una espacialidad en la que la lejanía, con sus efectos moderadores, ya no existe. Así, lo más radicalmente extraño no está lejos, sino que es inmediatamente accesible. La aldea global de Marshall McLuhan ha dado a paso a un vecindario global, incluso a un “rellano” global, por aludir a un término que usó Lacan en “Structure des psychoses paranoïaques” (1931), cuando habla de “délire du palier” (rellano) para describir la estructura y dinámica del delirio de interpretación. Las formas de gozar del otro están siempre demasiado presentes, demasiado distintas a veces, demasiado parecidas otras veces – pero siempre, en todo caso, demasiado cerca.
Ahora bien, en estos modos radicales de anulación del sinsentido (Aller Unsinn hebt sich auf!, en palabras de Schreber), la dimensión religiosa adquiere un papel particularmente importante. Entonces, ¿la religión vuelve, o es que de algún modo nunca nos abandonó? Ambas cosas son ciertas. Lacan predijo el retorno de la religión, que sin duda se está verificando, pero esto no le impidió situar en la estructura el origen de toda experiencia religiosa: “como el Otro no existe, no me queda más remedio que tomar la culpa sobre Yo [Je], es decir, creer en aquello a lo que la experiencia nos conduce a todos, y a Freud el primero: al pecado original”.
Esto instala la raíz sacrificial de lo religioso en el corazón de la subjetividad del ser hablante. Luego su célula elemental es tomada a cargo por una diversidad de discursos, en los que los sujetos encontrarán su lugar a partir de sus propias condiciones. No hay en ello el menor privilegio de la psicosis: el delirio del que aquí se trata puede ser ampliamente compartido en lo social, aunque como es lógico cada cual podrá sentirse más o menos llamado a sacrificar a otros o a sacrificarse él mismo en función de la fragilidad específica de su momento subjetivo o de la intensidad de su odio. Aquí el “todo el mundo está loco” que dio título al curso de Jacques-Alain Miller del año 2007/2008 tiene una expresión destacada.
En lo que se refiere a la fragilidad ante el impacto de ciertos discursos, la adolescencia se revela como un momento particularmente sensible. No está de más recordar el efecto del cristianismo naciente sobre adolescentes romanos que, con el mayor desprecio de la muerte, desafiando todas las convenciones sociales, rompían los lazos familiares y respondían con entusiasmo a la llamada del martirio ante la estupefacción general. Algunas de las historias que podemos leer en los diarios en estos días no dejan de recordarnos, extrañamente, destinos trágicos que encontramos reflejados en textos antiguos. Aunque el hecho de que aquellos jóvenes, catecúmenos o fieles recientes, adoraran a un Dios que promovía el amor universal de los hombres ponía el sacrificio exclusivamente de su lado. 

La propaganda de EI no ignora el impacto sobre los jóvenes de un discurso extremo, que no vacila en levantar el velo que normalmente cubre la muerte y la destrucción y que, por otra parte, invita al sujeto a encontrar un lugar heroico asociado a alguna forma de sacrificio, propio, ajeno o ambos combinados. Por este motivo ha desarrollado líneas específicas destinadas a los jóvenes, distinguiendo incluso las modalidades discursivas que pueden llegar mejor a los chicos y las que pueden llegar mejor a las chicas. Todo ello apoyado, por otra parte, en narrativas que tienen muy en cuenta ciertas condiciones de la época, los mensajes que mejor llegan a las nuevas generaciones y las iconografías que tienen más impacto sobre ellas.
Dounia Bouzar, Christophe Caupenne y Sulayman Valsan, en su monografía La métamorphose opérée chez le jeune par les nouveaux discours terroristes, destacan que la propaganda en cuestión adopta temas, formatos e imágenes característicos de ciertos juegos de video como Assassin's Creed, para presentar bajo ciertas convenciones discursivas e icónicas toda una serie de elementos de la historia del Islam que se prestan bien a tal narrativa heroica. Lo cual no resulta difícil, dado que el propio juego se inspira en la historia de la secta de los ashshāshīn, se origina en la época de las cruzadas y tiene como escenarios primordiales Damasco y Jerusalén, donde el héroe-asesino debe obedecer ciegamente las órdenes de su maestro – por supuesto, calificado de santo. Sus misiones, aunque revistan características extremadamente violentas, están destinadas en última instancia a ser instrumentos de la justicia divina. Su violencia, por muy brutal que sea, es presentada como el único remedio ante una violencia considerada mayor y contra la injusticia. 

Por otra parte, el juego pone en acto lo que podríamos considerar una modalidad cronológica de la globalización, con la capacidad del héroe para moverse entre todas las épocas, de tal manera que las diferencias históricas, las barreras temporales, quedan anuladas – en consonancia con el discurso de EI, que interpreta la época actual, sin transición alguna, en los términos de una versión histórica del Islam y en particular de las cruzadas. Así, por ejemplo, en el capítulo del juego llamado “Unity”, que apareció en noviembre del 2014, el jugador puede integrar en esta misma trama la decapitación, de la que puede encargarse él mismo, del rey de Francia. Además, como subrayan Dounia Bouzar et al., el mismo título del juego evoca la noción de “tawhid”, en árabe, que significa “el retorno al principio divino y que no existe nada fuera de Dios”.
Luego las sutilezas del adoctrinamiento sabrán hablar al fantasma de cada cual a través de una serie de personajes diversos (característica propia del juego de rol), en los que rasgos de identificación muy variados están disponibles: honor, venganza, justicia, libertad, son algunos de los significantes que orientan estas identificaciones, encarnadas en personajes extraídos de una historia del Islam adaptada a las necesidades presentes. Y, last but not least, cabrá encontrar el encaje específico de chicos y chicas, respectivamente, en papeles que les hablan más a ellos y papeles que les hablan más a ellas. Con respecto a estos últimos, su variedad se inscribe bajo la enseña común de hacer existir a La mujer, algo que para las adolescentes puede llegar a ser particularmente atrayente en una época en que la construcción del género, tan lábil como obsesivamente omnipresente y masificada, tiene dificultades para alojar la pregunta de cada una por su forma de goce singular. 

Por otra parte, el origen del conjunto de los jóvenes que han respondido de algún modo a esta clase de llamada, en particular para emigrar a Siria, ya sea como combatientes o como esposas de combatientes, es muy diverso. Sin duda, algunos de ellos, aunque no la mayoría, son de origen musulmán, pero muy a menudo se demuestra que no han manifestado una religiosidad particular en la mayor parte de su trayectoria vital previa a lo que refieren como una conversión. 
Entre los implicados en actos más violentos o de terrorismo, los hay que han tenido vidas particularmente extraviadas en las que han incurrido en cosas que, para el discurso religioso al que luego se convertirán con particular virulencia, constituyen pecados, por los que algo o alguien tendrá que pagar. Lo cual da a sus actos posteriores, lo sepan ellos o no, un aspecto de expiación. Podemos preguntarnos si en ocasiones esa forma de inmolación en la que el asesinato del otro coincide con el suicidio se presenta, al final de un recorrido de radicalización, como la única salida: Aufhebung desesperada en la que se trata de restituir un sentido último antes de la desaparición, devolviendo así un valor, en un instante destinado a hacerse eterno, a una vida que lo habría perdido sin remedio. En este punto, la reunión del asesinato con el suicidio aumentaría la eficacia del sacrificio y atribuiría una forma paradójica de legitimidad a la más cruda expresión del odio contra sí y contra los demás.
La versión más violenta del discurso de EI tiene un impacto particular en musulmanes jóvenes que, por su vida en Occidente, han participado de formas de gozar (de la vida) por las ahora deben responder ante un tribunal religioso global. Este último, poniéndolos entre la espada y la pared, les hará pagar por ello, haciendo de su autoinmolación, además de una forma cínicamente velada de ajusticiamiento, una muerte útil para su causa.
Con todo, no hay que olvidar que la mayoría de jóvenes conversos atraídos por la propaganda,  destinados en buena parte a ser pura y simple carne de cañón o esposas en serie de guerreros sucesivos, provienen de familias muy diversas, algunas de ellas cristianas, también en algún caso judías, pero mayoritariamente agnósticas o ateas. Y que la conversión de sus hijos jóvenes adquiere a veces el matiz de una denuncia contra los padres por una vida demasiado secularizada o no lo bastante consecuente con los preceptos religiosos inscritos en una genealogía.
La pregunta que podemos hacernos entonces, más allá de las respuestas que los distintos países de Occidente buscan, por el momento a ciegas, entre las fórmulas policiales y las fórmulas bélicas, es: ¿cómo hablar de otro modo a estos jóvenes a los que EI habla? Algo del destino de no pocos de ellos se juega en internet, en las escuelas, en las calles, no en las mezquitas. Sería bueno que cada uno que se encuentre en la posibilidad de hacerlo les hable y sepa escuchar sus respuestas, que no siempre serán cómodas ni correctas.

divendres, 18 d’agost del 2017

Miquel Bassols: Les Rambles

Mosaic de Joan Miró a Les Rambles de Barcelona















El real de la mort és sempre igual, idèntic a si mateix, impensable, sense nom ni cognoms, sense imatge, sense cap mena de sentit que li puguem trobar. És així, simplement, perquè el real de la mort exclou el subjecte, l’ésser que parla, del seu regne obscur. La mort, deia Jacques Lacan, és del domini de la fe. Hi creiem, renegant-la i tot, encara que no en sabem res, hi creiem per mirar de donar un sentit, per mínim que sigui, a aquesta identitat impensable del real de la mort.

Per contra, els morts no són mai iguals, cadascun és diferent a un altre, cadascun amb un nom i un cognom, amb una història escrita o per escriure’s, cadascun tan singular com cada ésser que parla. Els morts existeixen com un fet de discurs, sobreviuen com un efecte del llenguatge allà on la mort, impensable, els ha absentat ja de si mateixos.
Quan la mort irromp en l’esser que parla d’una manera més o menys sobtada, imprevista, aleshores parlem de “víctima”. Això iguala massa ràpidament un mort a un altre, el sostreu del discurs en el qual ha viscut per representar-s´hi. Curiosament això ens calma una mica davant del real de la mort però també ens fa sentir tot seguit que cadascú de nosaltres pot ser també una víctima. Pensem: jo podria haver estat allà i ara no hi seria, absent de mi mateix per sempre. És a dir, ens identifiquem amb la víctima. Aleshores va bé de recordar que aquell mort té un nom i un cognom, que té una història escrita o per escriure’s, que cal retornar-li la singularitat que ha tingut com a ésser que parla i que el nom de víctima li arrabassa. 

Ésser que parla, això és un pleonasme —recordava Lacan— perquè només hi ha ésser en el llenguatge, només hi ha ésser de paraula, pel fet que es digui i es cregui ésser. ¡Ah, si aquell mort pogués parlar, això li retornaria l’ésser, la seva singularitat davant del real de la mort! A voltes parlem per ell i així neguem la mort que l’ha fet absent de si mateix, però és la manera que tenim de fer-li un lloc entre els vius.

Tot això és el que he pensat avui quan he llegit una nota del Govern de Catalunya després del terrible atemptat d’ahir a Les Rambles de Barcelona. La nota llistava les trenta quatre nacionalitats de les persones afectades, víctimes mortals i ferits, pel cruel atemptat. Cal llegir el llistat: alemanya, algeriana, argentina, australiana, austríaca, belga, marroquina, canadenca, xina, colombiana, romanesa, veneçolana, cubana, equatoriana, egípcia, espanyola, nord-americana, filipina, francesa, britànica, grega, holandesa, taiwanesa, hondurenya, hongaresa, irlandesa, italiana, kuwaití, macedònia, mauritana, pakistanesa, peruana, dominicana, turca. Això, esclar, ho havia tingut molt bé en compte el qui havia escollit el lloc i l’hora per fer l’atemptat, de manera que tingués la repercussió més alta possible internacionalment. I de ben segur que ho ha aconseguit.

Aleshores he pensat que l’acte assassí i massiu, governat per l’imperatiu boig de l’U absolut anava dirigit, fonamentalment i amb tota certesa, a anul·lar de manera indiscriminada tota aquesta diversitat de noms i cognoms, d’històries escrites i per escriure, de singularitats diverses dels éssers que parlen. No li hauria importat que entre ells hi hagués, com se sol dir, “un dels seus”, per fer més present aquest U absolut que els iguala en nom de la mort impossible de pensar. 

En nom de l’U absolut es pot mercadejar amb el real de la mort i anul·lar la singularitat de cada mort, de cada ésser que parla, fins i tot de la pròpia mort per seguir sense voler saber-ne res. Aquesta és la batalla: fer aparèixer el real de la mort i la singularitat de cada ésser que parla enfront del discurs de l’U que els confon en el no-res quan vol trobar-li, ell també, un sentit.

També a Les Rambles.

Miquel Bassols
18 d’Agost de 2017



Aquest breu text, escrit a rajatecla, és una contribució a Rel i Llamp. Podeu respondre, comentar o enviar-ne uns altres al Blog de Rel i Llamp: relillamp@gmail.com

divendres, 9 de juny del 2017

Simone Weil: Lliçó de política diferent


(Extractes de la Nota sobre la supressió general dels partits polítics.)

El mot “partit” és pres aquí segons la significació que té en el continent europeu. El mateix terme en els països anglo-saxons designa tota una altra realitat. Aquesta realitat té les seves arrels en la tradició anglesa i no és transportable. Un segle i mig d’experiència ho mostra prou bé. Hi ha en els partits anglo-saxons un element de joc, d’esport, que només pot existir en una institució d’origen aristocràtic; tot és seriós en una institució que, al començament, és plebea.
La idea de partit només entra en la concepció francesa de 1789 com un mal a evitar. Però hi ha haver el club dels jacobins. Era en principi només un lloc de discussió lliure.  No va ser cap mena de mecanisme fatal el que el transformà. Va ser únicament la pressió de la guerra i de la guillotina que en va fer un partit totalitari.
Les lluites de les faccions sota el terror van ser governades pel pensament tan ben formulat per Tomski: “Un partit al poder i tots els altres a la presó”. Així en el continent europeu el totalitarisme és el pecat original dels partits.
És per una banda l’herència del terror i per una altra la influència de l’exemple anglès el que instal·là els partits en la vida pública europea.  El fet que existeixin no és de cap manera un motiu per conservar-los. Només el bé és un motiu legítim de conservació. El mal dels partits polítics salta als ulls. El problema que cal examinar és si hi ha un bé que guanyi sobre el mal i que faci llur existència desitjable.

Però hi ha molt més a qüestionar: Hi ha en ells mateixos una parcel·la infinitesimal de bé? Són l’estat pur del mal o quasi?
Si són el mal, és cert que en els fets i en la pràctica no poden produir sinó el mal. És un article de fe: “Un bon arbre no pot mai fer fruits dolents, ni un arbre podrit fer fruits bells”.
Però cal conèixer d’entrada quin és el criteri del bé.
Aquest no pot ser sinó la veritat, la justícia i, en segon lloc, la utilitat pública.
La democràcia, el poder del nombre més gran, no són béns en si mateixos. Són mitjans en vistes del bé, considerats eficaços ja sigui amb raó o sense. Si la República de Weimar, en lloc de Hitler, hagués decidit per les vies més rigorosament parlamentàries i legals de posar els jueus en camps de concentració i de torturar-los refinadament fins a la mort, les tortures no haurien tingut més aroma de legitimitat de les que tenen ara. O una cosa semblant no és concebible.
Només el que és just i legítim. El crim i la mentida no ho són en cap cas.
El nostre ideal republicà procedeix enterament de la noció de voluntat general que devem a Rousseau. Però el sentit de la noció ha estat perduda gairebé de seguida ja que és complexa i demana un elevat grau d’atenció.
El veritable esperit de 1789 consisteix a pensar, no pas que una cosa es justa perquè el poble la vol, sinó que en determinades condicions el voler del poble té més possibilitats que cap altre voler de ser conforme a la justícia.
Hi ha moltes condicions indispensables per poder aplicar la noció de voluntat general. Dues han de retenir particularment l’atenció.
Una és que en el moment que el poble pren consciència d’un dels seus volers i l’expressa, no hi ha cap espècie de passió col·lectiva.
Si una sola passió col·lectiva pren un país, el país és enterament en un crim. Si dues o quatre o cinc o deu passions col·lectives el divideixen, aleshores és dividit en moltes bandes de criminals. Les passions divergents no es neutralitzen, com és el cas per un polsim de passions individuals foses en una massa; el nombre és massa petit, la força de cadascuna és prou gran perquè hi pugui haver neutralització. La lluita les exaspera. Xoquen amb un brogit infernal que fa impossible d’escoltar fins i tot un segon la veu de la justícia i de la veritat, sempre quasi imperceptible.
Quan hi ha passió col·lectiva en un país, hi ha la probabilitat que no importa quina voluntat particular estigui més a prop de la justícia i de la raó que no pas la voluntat general, o més aviat que allò que en constitueix la seva caricatura.
La segona condició és que el poble expressi la seva voluntat en relació als problemes de la vida pública i no només faci una elecció de persones. Menys encara una elecció de col·lectiu irresponsables. Car la voluntat general no té res a veure amb una elecció d’aquesta mena.
Si hi va haver en 1789 una certa expressió de la voluntat general, tot i que es va adoptar el sistema representatiu a manca de saber-ne imaginar cap altre, va ser en tant que hi va haver alguna altra cosa que eleccions. Tot el que hi havia de viu a través de tot el país –i el país desbordava aleshores de vida— havia buscat expressar un pensament mitjançant l’òrgan dels quaderns de reivindicacions. Els representants en gran part s’havien fet conèixer al llarg d’aquesta cooperació en el pensament; en guardaven l’escalfor; sentien el país atent a les seves paraules; vigilants que elles traduïssin exactament les seves aspiracions. Durant algun temps—poc temps—van ser veritablement simples òrgans d’expressió per al pensament públic.
Una cosa semblant no es va produir mai més. La sola enunciació d’aquestes dues condicions demostra que no hem conegut mai res que s’assembli ni de lluny a una democràcia. En el que anomenem per aquest nom, mai el poble ha tingut ni l’ocasió ni els mitjans per expressar cap opinió sobre la vida pública; i tot allò que escapa els interessos particulars està lliurat a les passions col·lectives, les quals són sistemàticament, oficialment encoratjades.
(...)
Per tal d’apreciar que els partits polítics segons el criteri de la veritat, de la justícia, del bé públic, convé començar per discernir-ne els caràcters essencials.
Se’n poden enumerar tres:
Un partit polític és una maquinària de fabricar passions col·lectives.
Un partit polític és una organització construïda per exercir una pressió col·lectiva sobre el pensament de cadascú dels éssers humans que en son membres.
El darrer fi, i, en darrera anàlisi, l’únic fi de tot partit polític és el seu propi creixement, i sense límit.
Per aquest triple caràcter, tot partit és totalitari en germen, en aspiració. Si no ho és en fets, és només perquè aquells que l’envolten no ho són menys.
Aquests tres caràcters son veritats de fet evidents a qui sigui que s’aproximi a la vida dels partits.
(...)
La fi d’un partit polític és una cosa vaga i irreal. Si fos real, exigiria un gran esforç d’atenció, car una concepció del bé públic no és una cosa fàcil de pensar. L’existència d’un partit és palpable, evident, i no exigeix cap esforç per ser reconegut. De manera que és inevitable que el partit sigui en ell mateix el seu propi fi.
Des d’aleshores hi ha idolatria, car només Déu és un fi en ell mateix.
La transició és fàcil. Es posa l’axioma que la condició necessària i suficient per tal que el partit serveixi eficaçment la concepció del bé públic en vista del qual existeix és que posseeixi una gran quantitat de poder.
Però cap quantitat finita de poder no pot mai ser de fet vista com suficient, sobretot un cop obtinguda. El partit es troba de fet, per l’efecte de l’absència de pensament, en un estat continu d’impotència que s’atribueix sempre al poder insuficient del que disposa. Essent l’amo absolut del país, les necessitats internacionals imposen límits estrets..
Així, doncs, la tendència essencial dels partits és totalitària, no només en relació a una nació, sinó en relació al globus terrestre. Això és precisament perquè la concepció del bé públic pròpia de tal o tal partit és una ficció, una cosa buida, sense realitat, que imposa la recerca del poder total. Tota realitat implica per ella mateixa un límit. El que no existeix mai del tot no és limitable.
És per això que hi ha afinitat, aliança,  entre totalitarisme i mentida.
Molta gent, és cert, no busca mai un poder total, aquest pensament els fa por. És vertiginós i cal una espècia de grandesa per sostenir-lo. Aquesta mena de gent quan s’interessa en un partit, s’acontenta de desitjar-ne el creixement, però com una cosa que no comporta cap límit.  Si hi ha tres membres mes aquest any que l’any anterior, o si la col·lecta ha comportat cent francs de més, aleshores estan contents. Però desitgen que això continuï indefinidament en la mateixa direcció. Mai concebrien que el seu partit no pogués tenir més membres, més electors, més diners.
El temperament revolucionari porta a concebre la totalitat. El temperament petit burgès porta a instal·lar-se en la imatge d’un progrés lent, continu i sense límit. Però en tots dos casos el creixement material d’un partit esdevé l’únic criteri en relació al qual es defineixen en totes les coses el bé i el mal. Exactament com si el partit fos un animal a engreixar, i que l’univers s’hagués creat per tal d’engreixar-lo.
No és pot servir Déu i els diners. Si es té un criteri del bé diferent al bé, aleshores es perd la noció del bé.
Des del moment que el creixement del partit constitueix un criteri del bé, se’n segueix inevitablement una pressió col·lectiva del partit sobre el pensament dels homes. Aquesta pressió s’exerceix de fet. Es desplega públicament. Es confessa, proclama. Això ens horroritzaria si el costum no ens hagués talment endurit.
Els partits són organismes públicament, oficialment, constituïts de manera que matin dins les ànimes el sentit de la veritat i de la justícia.
(...)
Suposem un membre d’un partit—diputat, candidat o simplement militant—que en públic es comprometés de la següent manera: “Tots els cops que examini sigui quin sigui el problema polític o social, em comprometo a oblidar absolutament que sóc membre d’un grup, i a preocupar-me exclusivament de discernir el bé públic i la justícia”.
Aquest llenguatge seria molt mal acollit. Els seus, i fins i tot molts d’altres, l’acusarien de ser un traïdor. Els menys hostils: “Per què aleshores s’ha adherit a un partit?” confessant de manera ingènua que entrant en un partit es renuncia a cercar únicament el bé públic i la justícia. Aquest home seria exclòs del seu partit, o si més no perdria la investidura, no seria certament elegit.
A més a més, no sembla fins i tot possible que un llenguatge així sigui defensat. De fet, si no per error, mai no ho ha estat. Si algunes paraules en aparença veïnes a aquestes han estat pronunciades, ha estat per homes desitjosos de governar amb el suport d’altres partits diferents al seu. Aquestes paraules sonen com una mena de manca a l’honor.
D’altra banda es troba natural, raonable i honorable que algú digui: “Com a conservador...” o “Com a socialista...”
Això ,cert, no és únicament propi dels partits. Ningú no s’enrojola de dir: “Com a francès, penso que ... “ “com a catòlic, penso que...”
Les nenes, que s’anomenaven lligades al gaullisme com l’equivalent francès del hitlerisme, afegien: “la veritat és relativa, fins i tot en geometria”. Tocaven el punt central.
Si no hi ha veritat, és legítim pensar de tal o tal manera en tant que hom es troba de fet sent tal o tal cosa. De la mateixa manera que un té els cabells negres, bruns, pèl rojos o rossos, perquè un és així, un emet també tal o tal pensament. El pensament, com els cabells és llavors producte d’un procés físic d’eliminació.
Si hom reconeix que hi ha una veritat, no pot pensar sinó el que és ver. Hom pensa tal cosa no perquè es trobi essent francès o catòlic o socialista, sinó perquè el llum irresistible de l’evidència l’obliga a pensar així i no de cap altra manera. 
Si no hi ha evidència, si hi ha dubte, aleshores és evident que en l’estat de coneixements del que un disposa la qüestió és dubtosa. Si hi ha una feble possibilitat d’un costat, és evident que hi ha una feble probabilitat, així i tot seguit. En tots els casos, la llum interior concedeix sempre a qualsevol que la consulti una resposta manifesta. El contingut de la resposta és més o menys afirmatiu; poc importa. És sempre susceptible de revisió; però cap correcció no pot ser aportada, si no és per més llum interior.
Si un home, membre d’un partit està absolutament decidit a només ser fidel en tots els seus pensaments exclusivament a la llum interior i a cap altra, aleshores no pot fer conèixer aquesta resolució al seu partit. Aleshores està de cara a ell mateix en un estat de mentida.
Aquesta és una situació que només pot ser acceptada a causa de la necessitat que suposa trobar-se en un partit per tal de prendre part eficaçment  dels afers públics. Però aleshores aquesta necessitat és un mal, i cal posar-ne fi suprimint els partits.
Un home que no ha pres la resolució de fidelitat exclusiva a la llum interior instal·la la mentida al centre mateix de l’ànima. Les tenebres interiors en són el càstig.
Fora en va intentar d’escapar-se’n a través de la distinció entre la llibertat interior i la disciplina exterior. Ja que aleshores cal mentir en públic mentre que tot candidat, tot aquell que és elegit, té una obligació particular de veritat.
Si estic disposat a dir, en mom del meu partit, coses que estimo contràries a la veritat i a la justícia, ho anunciaré a l’avançada? Si no ho faig, menteixo.
De les tres formes de mentida—al partit, al públic, a un mateix—la primera és de lluny la menys dolenta. Però si la pertinença a un partit comporta sempre la mentida, l’existència dels partits és absolutament, incondicionalment un mal.
(...)
Quan Ponç Pilat va demanar a Crist: “Què és la veritat?” Crist no li va respondre. Havia respost abans dient: “He vingut a portar el testimoni de la veritat”.
Només hi ha una resposta. La veritat són els pensaments que sorgeixen en l’esperit d’una criatura que pensa únicament, totalment, exclusivament desitjosa de la veritat.
La mentida, l’error—mots sinònims—són els pensaments d’aquells que no desitgen la veritat i d’aquells que desitgen la veritat i alguna altra cosa. Per exemple els qui desitgen la veritat i a més la conformitat amb tal o tal pensament establert.
Però com desitjar la veritat sense saber-ne res? Aquest és el misteri dels misteris. Les paraules que expressen una perfecció inconcebible a l’home—Déu, veritat. justícia—pronunciades interiorment amb desig, sense estar afegits a cap concepció tenen el poder d’elevar l’ànima i d’inundar-la de llum.
És desitjant la veritat buida i sense temptacions d’endevinar-ne d’entrada el contingut que un en rep la llum. És aquí tot el mecanisme de l’atenció.
És impossible d’examinar els problemes espantosament  complexos de la vida pública estant atents a la vegada d’una banda a discernir la veritat, la justícia i el bé públic i de l’altra part a conservar l’actitud que convé a un membre d’un grup així. La facultat humana d’atenció no és capaç de mantenir-se simultàniament en els dos problemes. De fet qui es vincula a un abandona l’altre.
(...)
Quan hi ha partit en un país, tard o d’hora és impossible intervenir eficaçment en els afers públics sense entrar en un partit i jugar-ne el joc. Qui s’interessa en la cosa pública desitja interessar-se eficaçment. Així aquells que es preocupen pel bé públic o renuncien a pensar-hi i es giren cap a una altra cosa diferent o passen pel tamís dels partits. En aquest cas tenen altres preocupacions que exclouen les del bé públic.
Els partits són un mecanisme meravellós en virtut del qual, en tot un país, cap esperit presta la seva atenció a l’ esforç de discernir, en els afers públics, el bé, la justícia, la veritat.
Si es confiés al diable l’organització de la vida pública, no es podria imaginar res de més enginyós.
Si la realitat ha estat una mica menys fosca és perquè els partits encara no ho han devorat tot.  Però de fet ha estat una mica menys fosca? No és exactament tan fosca com el que s’ha dibuixat aquí? Els esdeveniments no han demostrat?
Cal confessar que el mecanisme d’opressió espiritual i mental propi dels partits ha estat introduït a la història per l’Església catòlica en la seva lluita contra l’heretgia.
Un convers que entra a l’Església—o un fidel que delibera amb ell mateix i resol de quedar-s’hi—percep dins el dogma el bé i el ver. Però creuant el llindar professa a l’ensems no ser colpit pels anatemes, és a dir acceptar en bloc tots els articles dits de “fe estricta”. Aquests articles no els ha estudiat. Fins i tot amb un alt nivell d’intel·ligència i de cultura, una vida entera no seria suficient per aquest estudi, vist el que implica sobre les circumstàncies històriques de cada condemna.
Com adherir-se a  afirmacions que no coneix? N’hi ha prou de sotmetre’s incondicio-nalment a l’autoritat de la que emanen.
És per això de Sant Tomàs no va voler fonamentar les seves afirmacions en cap altra autoritat que no fos la de l’Església, amb exclusió de qualsevol altre argument. Car, va dir, no cal d’entrada per aquells que l’accepten, i cap argument no pot persuadir els qui la rebutgen.
Així la llum interior de l’evidència, aquesta facultat elevada de discerniment concedida a l’ànima humana com a resposta al desig de veritat, és rebutjada, condemnada a tasques servils, com sumar, és exclosa de totes les recerques relatives al destí espiritual de l’home. El mòbil del pensament ja no és el desig incondicional, no definit, de la veritat, sinó el desig de la conformitat amb un ensenyament establert a la bestreta.
Que l’Església fundada per Crist hagi així en gran mesura ofegat l’esperit de la veritat—i si, malgrat la Inquisició, no ho ha fet del tot, és perquè la mística oferia un refugi segur—és una ironia tràgica. Ha estat remarcat així sovint. Però s’ha remarcat menys una altra ironia tràgica. És que el moviment de revolta contra l’ofec dels esperits sota el règim inquisitorial ha pres una orientació que ha seguit l’obra dels esclafaments dels esperits.
La Reforma i l’humanisme del Renaixement, doble producte d’aquesta revolta, han contribuït àmpliament a suscitar, després de tres segles de maduració, l’esperit del 1789. N’ha resultat després d’una certa demora la nostra democràcia fundada sobre el joc dels partits, dels quals cadascun és una petita església profana armada amb l’amenaça de l’excomunió. La influència dels partits ha contaminat tota la vida mental de la nostra època.
Un home que s’adhereix a un partit segurament percep en l’acció i la propaganda d’aquest partit coses que li han semblat justes i bones. Però no ha estudiat mai la posició del partit en relació a tots els problemes de la vida pública. Entrant al partit accepta posicions que ignora. Així sotmet el seu pensament a l’autoritat del partit. Quan, poc a poc, en coneixerà les posicions, les admetrà sense examen.
És exactament la situació d’aquells que s’adhereixen a l’ortodòxia catòlica concebuda com va fer Sant Tomàs.
Si un home digués, quan demanés el carnet de membre: “Estic d’acord amb el partit sobre aquest, aquest i aquest punt, no he estudiant les altres posicions i em reservo enterament la meva opinió fins que ho hagi estudiat”, se li pregaria sens dubte que tornés més tard.
Però de fet, excepte rares excepcions, un home que entra en un partit adopta dòcilment l’actitud d’esperit que expressarà més tard amb els mots: “Com a monàrquic, com a socialista, penso que...” És realment còmode! Car no hi ha pensament. No hi ha res més còmode que no pensar.
Pel que fa al tercer caràcter dels partits, a saber, que són màquines de fabricar passions col·lectives, és clar que no ha estat establert. La passió col·lectiva és l’única energia de la qual disposen els partits per la propaganda exterior i per la pressió exercida sobre l’ànima de cada membre.

(Traducció: Neus Carbonell)



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